Mi hijo, el campeón

El niño necesita para desarrollarse de una manera saludable y placentera, un entorno de seguridad, estabilidad y contención afectiva, entorno que se crea a través del ejercicio de las funciones tanto de madres como de padres.

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Cada una de estas funciones es fundamental para el desarrollo de cada niño, sientan las bases esenciales en la construcción de la identidad del ser humano y acompañan al  proceso de autonomía e independencia. Son tan importantes porque se trata no sólo de cubrir las necesidades básicas sino de brindar la seguridad y la confianza necesaria como base para que el niño vaya por más.Para que todo esto suceda es necesario que ambos padres, desplieguen su deseo hacia ese niño, el deseo que motorizará el vínculo y el desarrollo si logra ser encauzado dentro de las medidas esperables. De no ser así, será un deseo que no motiva sino que aplasta, mortifica.

Desde esta base de seguridad, niños y niñas exploran la realidad de una manera más  autónoma, pero siempre con la garantía de que podrán encontrar ayuda y respaldo en sus padres o en las personas que los criaron.

Seguramente para todos los padres, o eso esperaríamos, su hijo es lo más preciado en el mundo; y para esos pequeños, sus padres son el centro del universo, su marco referencial, la presentación del mundo frente a sus sentidos y emociones. Es por ello que la modalidad de crianza que optemos como adultos tendrá grandes consecuencias en ellos en todas las áreas que lo conforman: afectiva, intelectual, social y física.

Si bien no hay una única manera de desarrollar saludablemente la maternidad y paternidad, hay posiciones que favorecen u obstaculizan la misma y por ello debemos reflexionar e informarnos acerca de las mismas.

En ese camino, uno de los errores más frecuentes de los padres en esta época frente a la crianza de los hijos es el lugar de la exigencia, basada en preparar a sus hijos para el mañana, para el mundo competitivo. Aquellos que practican algún deporte lo experimentarán.

Es frecuente observar padres que depositan su propio deseo de éxito, de fama o de progreso en sus hijos y desde allí pierden la brújula. Esto es, no se detienen en conocer los intereses singulares de su hijo, confirmar su propio deseo, generando nuevas obligaciones y exigencias de una actividad que tal vez no les agrada o le dedicarían menos tiempo o simplemente no son buenos para ello, entre otras tantas opciones que marcan una distancia entre lo que los padres y los hijos desean y/o esperan.

Éste es un claro ejemplo del deseo paterno como aplastante. La exigencia se saltea el deseo propio del otro y se convierte en un peso pesado que resistir, con el sobre esfuerzo y la desilusión que esto conlleva.

Más aún, si coincidieran en que el padre desea que su hijo triunfe en algún deporte y su hijo también lo espera de sí, los padres deber proporcionar un clima de participación, esmero y auto superación dentro de los límites saludables y beneficiosos para ello.

Esto no se logra con padres exigentes que sólo promueven la competitividad, que elogian sólo el triunfo y desvalorizan el esfuerzo y critican el mal resultado.

Los padres deberían:

-    Aceptar los fracasos de sus hijos promoviendo la autosuperación en medida saludable
-    Valorar el esfuerzo más allá del resultado
-    Acompañar en la decepción favoreciendo el trabajo para lograr mejores resultados
-    Respetar a los adultos que acompañan o guían su práctica deportiva
-    No criticar a sus hijos
-    Mantener un diálogo abierto permanente
-    Construir una mirada crítica hacia distintos estímulos del entorno
-    Festejar sus logros
-    Alentar a ir por más  


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