Irene: dejar pasar

(Parte 1 de 4)

En alguna ocasión un terapeuta me contó que mientras estaba haciendo un posgrado en Europa, un colega suyo le dijo: "En Suecia no tenemos muchos psiquiatras, porque tenemos buenos amigos". Hace tiempo estuve en una relación que duró muchos años y cuando terminó, no estaba en un país escandinavo, pero tuve la suerte de rodearme de un grupo de personas que se encargaron de que el desamor no me abatiera. Entre ellas estaba mi amiga Irene.

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—No te puedes quedar en tu casa —me dijo en ese momento—. Es tu primer sábado desde que cortaste.
—No tengo ganas de salir —respondí.
—No me importa. Me vas a acompañar —insistió.

Irene es el tipo de mujer que cualquier hombre, más que desearla, envidiaría. Es inteligente, fuerte y conoce perfectamente al sexo opuesto. Debo confesar que Irene se apareció en mi vida cuando necesitaba ser salvado por alguien, e incluso le debo gran parte de lo que soy hoy.

Aquella noche en la que yo había perdido toda mi estabilidad y mi autoestima se había resquebrajado, Irene me llevó a una fiesta con sus amigos de preparatoria. Pasó por mí y trató de animarme con historias de cuando era más joven. Manejaba con pericia, tomando atajos como si conociera hasta el último rincón de la ciudad. Cuando llegamos al enorme terreno abandonado que hospedaba el evento, se cambió los tenis que llevaba puestos por un par de tacones.

Caminamos en la oscuridad por el accidentado lugar, pero Irene parecía flotar con elegancia sobre la grava. En el fondo se alcanzaba a ver un escenario improvisado con un grupo de reggae haciendo lo posible por no perder la sincronía.

—¡Ahí están mis amigos! —dijo ella, señalando a un grupo de cinco hombres burlándose a carcajada limpia de la banda aficionada.
—¡Irene! —gritó uno de ellos cuando nos vio—. ¡Qué guapa!
—Sí, te ves muy bien —dijo otro, examinando el vestido que ella llevaba puesto.
—Gracias, chicos. Les presento a Anjo.

Por un momento me sentí muy orgulloso de estar acompañado por una mujer tan popular.

—¿De qué se ríen? —preguntó Irene.
—¿Ya viste al vocalista? —le respondió su amigo—. ¿A ése que se menea cadenciosamente?

Nos acercamos para verlo mejor.

—¡No tiene calzones! —gritó Irene estallando en risa— ¡Qué asco!

La fiesta dejó secuelas encontradas la mañana después. Llegué tarde al trabajo con una resaca del demonio, pero una satisfacción tan grande que me hizo olvidar que estaba aún doliendo una separación amorosa. Por su parte, Irene entró como si nada hubiera pasado, perfectamente arreglada para la jornada.

—Acompáñame por un cigarro —imploró.

Ésta era una de nuestras costumbres favoritas. Ella fumaba y yo salía a airearme. Siempre nos sentábamos en una banca en medio de la inmensidad del edificio corporativo.

—Estoy crudísima —comentó.
—No se te nota —dije yo.

De repente se detuvo un taxi frente a nosotros y bajó un tipo rubio como de un metro noventa de estatura. Traía puesto un suéter a rayas de varios colores y pantalones de pana café. Parecía un estudiante que llegó diez años tarde a su intercambio. Irene bajó sus lentes oscuros a la altura del tabique para apreciar mejor al espécimen. Lo siguió con la mirada hasta que el hombre desapareció en el interior del vestíbulo.
—Lo quiero —afirmó mi amiga.

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Entramos otra vez y cada quien se internó en las profundidades de sus tareas laborales. Unas horas más tarde, Irene me escribió un mensaje por la computadora que decía:

Estuve indagando. El rubio es nuevo. Entró hoy. :)

Para la hora de la comida quedé de salir con el resto de mis amigos a un restaurante cercano. De camino nos encontramos a Irene fumando sola en nuestra banca.

—¿Vienes a comer? —le pregunté.
—No gracias, estoy esperando a alguien —respondió.

Como escrito en un guión apareció el güero. Irene preparó una pose incitante para llamar su atención, pero él ni siquiera se percató y se siguió de frente.

—Mejor sí voy a comer con ustedes— nos gritó.

Por la noche, al salir de la oficina, me la volví a encontrar en los elevadores.

—Ya traté de todo: tiré papeles junto a él, saqué mis mejores chistes en una junta, me lo encontré fumando y le pedí fuego —dijo frustrada—. Ni siquiera me preguntó mi nombre.
—No sé qué decirte, yo llevo tres días soltero —contesté.

Al día siguiente, Irene me esperaba sentada en mi lugar.

—¿Dónde estabas? —preguntó.
—En el tráfico —dije.
—Anoche me pasó lo más raro —empezó a narrar—. Cuando salí de aquí estaba cayendo un aguacero. Vi al güero resguardándose bajo una parada de camión, así que ofrecí llevarlo. Por supuesto la ciudad era un caos y platicamos durante todo el embotellamiento. Lo llevé a su casa y me dijo que había un restaurante chino que le gustaba mucho. Cenamos allí y después fuimos por unas cervezas. De regreso a mi coche me agarró con fuerza de la cintura y me dio un beso.
—¿De verdad?
—Sí, estuvo increíble —afirmó.

Sin saberlo, Irene me había dado mi primera lección de regreso a la soltería. Me enseñó que no hay estrategia que supere a la espontaneidad. El terapeuta sueco tenía razón.

(Continuará el próximo martes...)

Twitter: @AnjoNava

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