Que la agenda de un adulto esté superpoblada no es una novedad. Pero que también lo estén las de los chicos, sí. Hoy encontramos padres abrumados por darles a sus hijos lo mejor para su formación. Todo es poco con tal de “sobrecultivarlos”. Los días transcurren de las clases de piano, a las de circo; de las de ballet a las de cerámica. Eso sí, los pequeños sólo añoran un tiempo sin reloj, una tarde cualquiera en la que poder treparse a un árbol y jugar a los piratas.
Gabriela F. veía en su hijo de 6 años cualidades dignas de un superdotado. Detrás de una nueva marca de tiempo en la carrera por armar rompecabezas, sentía que estaba la cabeza de un Einstein en miniatura. Y quería hacer rendir al máximo ese talento.
Para ayudarlo a desarrollar su pensamiento abstracto, lo mandaba a clases de ajedrez, a teatro, a aprender unas técnicas orientales para realizar cálculos matemáticos mentalmente, y al colegio, doble turno. Además, siempre estaba buscando alguna otra actividad para sumarle a
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