Dicen que del odio al amor hay un paso y sí, tienen razón. Jimena fue mi primera enemiga en la vida. Se puede decir que la vi nacer, porque a pesar de que yo tenía apenas dos meses, nuestros padres eran mejores amigos y se frecuentaban con regularidad. Desde el momento en que cobramos conciencia, Jimena y yo nos odiamos. Quizás era por nuestra diferencia de género o tal vez, por pura falta de química.
La distancia es nuestra mejor arma / Foto: Thinkstock
Cada vez que nuestros papás nos sentaban en un mismo cuarto, alguien —por lo general yo— salía herido. Recuerdo bien que si había una comida con el grupo de amigos yo preguntaba angustiado por varias horas si Jimena también asistiría. De verdad que no hay palabras para describir lo mucho que la aborrecía y el malestar que me generaba.
Por fortuna para nosotros, con el pasar de los años y por complicaciones de la vida misma, nuestros padres se alejaron y Jimena y yo dejamos de vernos. Por lo menos hasta el primer día de secundaria, momento en el que para mi sorpresa, Jimena entró al
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