Aunque quede mucho por hacer es imposible negar que nuestra realidad es ligeramente más equitativa a como solía ser. Insisto, la idea de igualdad entre los seres humanos, de respeto y tolerancia sin discriminar género, orientación sexual, etnia o credo está todavía lejos de ser alcanzada, pero en los últimos años hemos dado pasos importantes hacia delante.
Las parejas ya no tienen que temer a ser mal vistas por sus fracasos amorosos / Foto: Thinkstock
De joven —juro que no fue hace tanto— los gastos y las tareas del hogar no se repartían con la frecuencia con la que sucede actualmente. Cada uno de los miembros de la familia tenía roles específicos que cumplir, y su valoración y reconocimiento dependían de lograrlos. Las mujeres acostumbraban a casarse antes de los 25 años y para cuando llegaban a los 30 habían dado a luz al menos a un par de críos. Los hombres, en cambio, vivían para trabajar y proveer, y su tiempo lo dedicaban en descifrar cómo conseguirlo. Eso sí, poner un pie en la cocina o lavar un plato después de comer era un total sacrilegio a su virilidad.
Lo peor es que
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